El otoño llegó a Manhattan con esa elegancia que la ciudad solo se permite cuando ya no necesita impresionar a nadie.
Las hojas de Central Park viraban al cobre y al ámbar. El aire obligaba a cerrar mejor los abrigos por la mañana y volvía más cálidas las luces al anochecer. Los taxis seguían siendo amarillos, pero el resto de la ciudad parecía haber aceptado, por unas semanas, la posibilidad de volverse dorada.
Seis meses después de Montauk, todo seguía ahí.
Y, sin embargo, nada estaba en el m