El apartamento de Tribeca había empezado siendo una extensión precisa de Ethan.
Cuatrocientos metros cuadrados. Ventanales de piso a techo. Roble oscuro. Piedra gris. La alfombra marrón del salón, gruesa y silenciosa bajo los pasos. Una cocina impecable donde incluso el mármol parecía obedecer una lógica de contención. El lujo estaba en todas partes, pero en su versión más controlada: nada sobraba, nada pedía atención, nada interrumpía la arquitectura exacta del lugar.
Y, sin embargo, en el tra