Stefan llegaba a Vanderbilt Holdings a las siete.
La hora temprana era suya. No de Richard. No del equipo. No de los mensajes marcados como urgentes que empezaban a multiplicarse a partir de las ocho y cuarto como si el mundo hubiera decidido que la necesidad ajena debía activarse con puntualidad corporativa. Las siete le pertenecían a él: el café negro todavía demasiado caliente, los informes abiertos en la pantalla, la planificación del día antes de que nadie necesitara nada de él todavía.
De