No era Le Bernardin.
No era el Plaza.
No era ninguno de los lugares en los que Nueva York acostumbraba envolver sus momentos importantes con mármol, cristal y una coreografía perfecta de camareros discretos.
Era el apartamento que compartían.
La nieve de enero afuera. La luz cálida sobre la madera oscura. El silencio contenido de Tribeca. Y el café que Ethan había aprendido a hacer en los meses desde Montauk con la misma precisión serena que aplicaba a todo lo que de verdad le importaba.
Cuando