El Aman Kyoto tenía esa cualidad rara de los lugares que no necesitan impresionar a nadie. La madera oscura, los shoji, el jardín de musgo visto desde la ventana: todo parecía estar exactamente donde debía estar, sin esfuerzo visible. Freddy lo había agradecido desde el primer día con la sobriedad de quien reconoce una belleza excepcional y decide no convertirla en conversación. Lilly, en cambio, la había ido archivando en su cuaderno pequeño: un alero, una proporción, el ángulo preciso de la luz sobre las piedras a media tarde.Antes de salir de Nueva York habían pactado una regla para la luna de miel: durante una semana no se hablaría de nada que no fuera comida, arquitectura del período Edo o los planos del futuro apartamento.La regla duró tres días.El cuarto fue lunes, y el lunes hizo lo que siempre hacen ciertas ciudades cuando tienen algo importante que decir: atravesó husos horarios como si no existieran.El mensaje llegó por la tarde, hora japonesa, mientras Freddy servía caf
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