Stefan condujo hasta la mansión Vanderbilt con las manos cerradas al volante. El mensaje de su abuelo le martillaba la cabeza: "Llegas en treinta minutos o te desheredo ahora mismo."Las luces estaban encendidas en el jardín trasero, cerca de la piscina iluminada como escenario. A esa hora, solo podía significar una cosa: emboscada.Atravesó la casa, salió por las puertas francesas y avanzó hacia el brillo del agua, donde las luces convertían el jardín en un tribunal.Richard lo esperaba junto a una mesa de hierro forjado. A su lado, Catherine y Victoria, idénticas en su desaprobación.—Stefan —dijo Richard—. Qué bueno que decidiste honrarnos con tu presencia.—Abuelo…—Sofía me mandó algo interesante. —Sacó el teléfono—. Una foto que pensé que debía ver.Luciana y Ethan besándose en el café. Dorado de mediodía. Postal perfecta. Y, debajo, el mensaje de Sofía:"Señor Vanderbilt, pensé que debía saber que la señorita Sterling no se merece a Stefan. Va a ensuciar el apellido de su famili
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