En la habitación más alta de la Villa, donde el viento susurraba contra los ventanales y la luz de la tarde se filtraba en tonos dorados, Leah trabajaba en silencio sobre una amplia mesa de madera antigua. El lugar parecía suspendido entre el cielo y la tierra; desde allí podía verse el jardín extendiéndose como un tapiz verde, y más allá, las montañas desdibujadas por la bruma. La estancia estaba inundada por el aroma suave del incienso de sándalo. Sobre la mesa, ordenadas con meticulosa precisión, reposaban pequeñas herramientas de orfebrería, hilos de oro fino, pinzas delicadas y una colección de piedras preciosas que reflejaban la luz como estrellas atrapadas en cristal. En el centro, cuidadosamente sostenido entre sus dedos, brillaba un fragmento de jade pulido, de un verde profundo y sereno, casi hipnótico. Leah inclinó ligeramente la cabeza, estudiando la piedra con ojos expertos. Sus movimientos eran elegantes, calculados, casi ceremoniales. Cada corte, cada engarce, parec
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