La brisa del atardecer se filtraba suavemente por los balcones abiertos de la habitación principal, meciendo con ternura las cortinas de lino blanco. Leah permanecía de pie frente al amplio ventanal, sosteniendo en brazos a su pequeña Isabella, cuya respiración delicada se acomodaba al ritmo tranquilo del corazón de su madre.
El agua se extendía frente a ella como un espejo infinito. Desde aquella altura, el mar parecía un manto de cristal teñido por los tonos dorados y rosados del crepúsculo