En la vasta extensión verde de la Hacienda Hill, donde el sol parecía posarse con más cariño que en cualquier otro rincón del mundo, tres pequeños conspiradores planeaban lo que, en sus cabezas, era la aventura más gloriosa del verano. Emily, con sus trenzas desordenadas y rodillas siempre raspadas, era la mente brillante detrás de la mayoría de las ideas imprudentes. Isabella, dulce pero testaruda como una mula cuando se lo proponía, jamás aceptaba un “no” como respuesta. Y Kevin… bueno, Kevin era el más pequeño, pero también el más orgulloso. Si sus primas saltaban una cerca, él saltaba dos. Si ellas corrían, él corría más rápido. Aunque luego se quedara sin aliento. Aquella tarde, el aire olía a heno recién cortado y a flores silvestres. Las cigarras cantaban perezosamente mientras los caballos descansaban bajo la sombra del viejo roble. Era el tipo de día perfecto para portarse mal. —No pasa nada —dijo Emily, cruzándose de brazos frente al granero viejo—. Solo vamos a mirar.
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