Al abrir la puerta de la habitación, Kevin se detuvo un segundo, conteniendo el aliento. Allí estaba ella. Cada paso lo acercaba más a su refugio de amor, y cada paso aumentaba el nudo en su garganta. Al verla tan vulnerable, con menos peso del que recordaba y la piel más pálida, una ola de emociones lo inundó. El miedo, la culpa, el alivio y un amor profundo y absoluto se mezclaron en su pecho. Kevin no pudo sostenerse más. Sus ojos azules, normalmente implacables y llenos de determinación, se llenaron de lágrimas. Una sola lágrima descendió por su mejilla y luego otra, hasta que el torrente se volvió incontenible. —Leah… —susurró, su voz temblando, casi rota—… mi amor… mi vida… Leah abrió los ojos lentamente, sorprendida por la intensidad de aquel llanto. Apenas podía mantener la fuerza para levantar la mirada, pero sus ojos celestes se encontraron con los de Kevin, y en ese instante, todo el miedo, todo el dolor y toda la incertidumbre que la habían acompañado durante días pa
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