Amanda salió de la casa con los nervios en la piel, como si el aire de la sala ya no le alcanzara, y se quedó un instante en el umbral, escaneando el jardín, la entrada, el camino de grava, el lugar exacto donde Cecilia juró haber visto al hombre del paquete. Nada. Ni un auto encendido, ni un chofer esperando, ni una silueta alejándose con prisa. Solo el sonido de la fiesta atrás, risas infantiles, música baja y globos moviéndose con el viento, como si el mundo insistiera en seguir normal aunque a ella le hubiera cambiado el eje. ¿Cómo se suponía que iba a estar tranquila después de esto? Se apretó la nota entre los dedos, leyéndola otra vez, y otra, como si la tinta fuera a moverse y darle un nombre. No lo hizo. Seguía ahí, breve, impecable, cruel en su simplicidad. —Van Ness.
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