Amanda pasó por su hijo, que lucía tan tierno con su traje de karate, aunque estaba desanimado porque no completó la clase. El maestro, o como le dice Noah, el sensei, le surgió una emergencia, dejando la clase a medias. Amanda lo escuchó hablar desde el asiento trasero sin parar, con esa energía que hacía que el mundo pareciera menos cruel. Manejaron hacia Luxor. Amanda iba repasando mentalmente la junta, los números, los pendientes, intentando no pensar en Ethan, intentando no pensar en el funeral, y aun así, el cuerpo le traicionaba con pequeñas punzadas de memoria. Cuando estacionó, se giró hacia su hijo. — Te vas a ir con Ethan, así que quiero que te portes muy bien como siempre y más tarde te llevaré un regalo. Noah le respondió con ojos brillantes, como si un regalo pudiera solucionar e
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