El verano en el fiordo era una explosión de luz. El sol no se ponía durante semanas, y la cabaña flotaba en un crepúsculo perpetuo que confundía el paso de los días. Aprendí a vivir con eso, a medir el tiempo por las comidas y el sueño, no por la oscuridad.Lena había convertido un cobertizo en su laboratorio. Pequeño, sí, pero con lo esencial: ordenadores, conexión satelital, un microscopio y muestras de todo lo que crecía en los alrededores. Me dijo que era "investigación personal", pero yo sabía que era su manera de mantenerse alerta, de seguir escuchando el silencio por si algún día volvía a cantar.Yo hacía cosas más simples. Cortaba leña, reparaba el tejado, aprendía a pescar en el fiordo con una paciencia que nunca supe que tenía. A veces, cuando la luz era dorada y el agua estaba quieta, me sentaba en el embarcadero y simplemente... estaba. Sin pensar en acuerdos, sin revisar el pasado, sin proyectar el futuro. Solo presente. Era una sensación tan extraña que al principio me a
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