Punta Arenas olía a mar y a fin del mundo. El Estrecho de Magallanes se extendía gris y revuelto bajo un cielo que amenazaba lluvia. Encontré el hostal que Lena había indicado en nuestro último intercambio: una pensión familiar en una calle empedrada, con una anciana que no preguntaba nombres y aceptaba efectivo sin recibo.
La habitación era pequeña, con una ventana que daba a un patio interior donde un perro viejo dormía la siesta. Me senté en el borde de la cama, la llave de latón en la mano,