El invierno se instaló en el fiordo con la autoridad de quien sabe que es el verdadero dueño de estas tierras. Enero fue un mes de tormentas y noches interminables, de ventanas congeladas y reservas de leña que menguaban más rápido de lo que podíamos reponerlas. Febrero trajo una calma engañosa, días claros y fríos en los que el fiordo parecía de vidrio y las montañas, de papel.Lena y yo habíamos aprendido a vivir con el frío. No a ignorarlo, sino a respetarlo. Era como un vecino exigente que, si le dabas lo que pedía, te dejaba en paz.La red seguía funcionando. Los informes llegaban con regularidad: Yuki y Anika desde Groenlandia, Erik desde su estación, Ingrid desde Islandia, Eero y Risten desde Finlandia, Mateo desde Chile. Todos reportaban lo mismo: normalidad. Anomalías menores, nada preocupante. El mundo, después de todo, seguía su curso.Pero marzo trajo algo nuevo.Fue Risten, la mujer sami, quien dio la primera alerta. En nuestra reunión mensual, su rostro apareció en la pa
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