Dos días después, el mensaje de Thomas llegó como un latido preciso. No eran coordenadas de instalación. Era una orden: "Permanezca en Punta Arenas. Próximas instrucciones cuando el equipo esté listo. Discreción absoluta."
Los suizos estaban moviendo sus piezas. El círculo estaba completo. Ahora venía la perforación.
Lena me citó en un galpón abandonado en el puerto, un lugar de techos de uralita y olor a pescado seco. Cuando llegué, ya había cinco personas esperando. Las presentaciones fueron