El Hércules nos dejó en la base Frei con el rugido de sus turbinas aún vibrando en los huesos. La isla Rey Jorge era un milagro de chapa y voluntad humana perdido en el blanco interminable. Erik negoció con los chilenos mientras el resto descargaba el equipo en silencio, evitando miradas. Aquí, en el límite del mundo, las preguntas eran un lujo que nadie podía permitirse.
Dos días después, partimos.
El vehículo era un monstruo de orugas alquilado a un precio que hizo palidecer incluso a Kael. D