El análisis fue un proceso de desmontaje. No de dolor, sino de desapego. Como si me estuvieran quitando capas de una cebolla infinita, cada una un recuerdo, una sensación, un miedo. El haz de luz blanca trabajaba de manera metódica, yendo y viniendo entre Lena y yo, catalogando. Veía los momentos pasar, no con emoción, sino como un observador externo: la textura de la primera cama que tuve, el sabor metálico del miedo en la boca cuando me acorralaron en un callejón siendo un crío, el olor a perfume barato y ambición de Ellie. Todo era archivado, codificado en los patrones geométricos del ser que nos observaba. Lena lo soportaba con una calma estoica. Sus recuerdos debían ser más ordenados, más científicos, pero no menos intensos: el primer espécimen de árbol que identificó, el orgullo en los ojos de su hermano, la desesperación fría al encontrar sus notas finales. La estábamos dando todo, cumpliendo con nuestra parte del trato. Pero a medida que avanzaba el proceso, empecé a notar… n
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