Amanda caminaba por el pasillo de la tienda departamental con una bolsa en una mano y el brazo de Tommy cerca, pero no demasiado. El aire acondicionado era fresco, el bullicio de las cajas registradoras un ruido blanco agradable.Había salido sin avisar demasiado; Eric estaba en una reunión importante y, por primera vez en semanas, no había puesto peros. “Ve, amor, pero lleva a Tommy”, había dicho por teléfono, y ella sintió un pequeño triunfo. Necesitaba esto: autonomía, aire distinto al de la casa, aunque fuera solo unas horas.Ya había comprado bodies diminutos para los gemelos, un par de labiales en tonos que le favorecieran al rostro embarazado y, en la sección de lencería, buscaba algo que le recordara que seguía siendo mujer además de madre en camino. Un camisón de seda negra, corto, con encaje que no apretara la barriga. Quería sentirse sexy para Eric, que el embarazo no apagara lo que tenían en la cama. Lo sostuvo contra su cuerpo frente al espejo, sonrió. Sí. Esto serviría.
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