Amanda sintió que el corazón se le aceleraba. Una foto. Prueba real.
—Vamos en mi coche —dijo—. Aquí no.
Ella dejó la cesta con las cosas y solo tomó las bolsas de lo que ya había comprado.
Tommy la miró con desconfianza sin saber qué rayos planeaba.
Salieron de la tienda. Tommy los seguía de cerca. En el estacionamiento, mientras Abel caminaba delante, Amanda se acercó al guardaespaldas y susurró:
—Tiene una foto en el bolsillo de la chaqueta. Quítasela.
Tommy asintió sin cambiar expresión.
Abel se dirigió al coche de Amanda, un SUV negro con vidrios polarizados. Al llegar, Tommy actuó: empujó a Abel contra la puerta del vehículo con fuerza controlada.
—¡Qué demonios! —gritó Abel—. ¡Suéltame! ¡Dile algo, Amanda!
Forcejearon. Abel intentó golpear, pero Tommy era más grande, más entrenado. Un puñetazo al estómago dobló a Abel; otro lo dejó contra el coche. Tommy metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la foto que había.
—¡Perra! —gritó Abel, escupiendo al suelo—. ¡Bruja! ¡Ma