Amanda llevaba el bolso apoyado contra el pecho como si fuera un objeto frágil, aunque en realidad lo único que pesaba de verdad allí dentro era la carta.
No se había atrevido a leerla, pese a los días que habían transcurrido desde que Eric se la entregó luego de recuperarla de la casa que ella compartió con Abel, entre otras pertenencias de su madre.
No la había leído. Porque el corazón se le encogía al pensar en su contenido.
Le bastaba saber que existía, que estaba ahí, que alguien —ese niño— le había escrito cuando el mundo se le estaba cayendo encima. Era suficiente para mantenerla en una especie de silencio interno que ni siquiera el cansancio lograba romper.
Se había despedido de su madre hacía apenas unos minutos. El jardín había quedado atrás, con sus bancos blancos y ese olor constante a desinfectante mezclado con flores. La enfermera les había asegurado que la señora López estaba tranquila, que ese lugar tenía tratamientos nuevos, terapias que podían ayudarla a largo plaz