Amanda estaba en la cama, de lado, con la carta apretada contra el pecho como si aquel papel fuera lo único que todavía la sostenía.
Lloraba sin sonido, con el cuerpo temblándole de forma irregular, respirando a medias, intentando no perder el control del todo. El papel se arrugaba entre sus dedos, húmedo por las lágrimas, tibio por el contacto con su piel.
¿Cómo era posible que ese niño se hubiera transformado en Eric Sanders?
La pregunta se repetía una y otra vez, sin respuesta. Evan Cross. El niño serio, callado, que siempre parecía observar más de lo que hablaba. El que se sentaba a su lado cuando todo se volvía incómodo. El que le daba la mano sin decir nada cuando los adultos discutían. El que la miraba como si ella fuera un lugar seguro. Ese niño… era su esposo.
Eric siempre había sido Evan.
Y Eric siempre había sabido quién era ella.
Ese pensamiento le dolía más que cualquier otra cosa. No era solo la mentira. Era el tiempo. La forma en la que se conocieron, como la trató desd