Damián estacionó su camioneta, aún venía peleando consigo mismo, por la actitud de Gabriela. Él la considerada una mujer inteligente, de un gran corazón, pero cuando el mal carácter le brotaba, no sabía si dejarla hablando sola o besarla, así de frustrado se sentía. Antes de entrar, escuchó algo que lo detuvo unos segundos: risas. Aquello lo desconcertó. En esa casa, desde la muerte de su hermano Luis, la risa era un sonido casi olvidado.Caminó despacio hasta el jardín y allí los vio. Nico corría entre las flores marchitas, lanzando una pelota de trapo hacia Sara, que reía con dulzura, mientras doña Elvira, sentada en una banca, los observaba con una sonrisa serena, una que Damián no recordaba haber visto en años.—Buenas tardes, mamá —saludó con voz suave.Doña Elvira levantó la mirada, sus ojos brillantes por la emoción. —Míralo, Damián —dijo, señalando al pequeño Nico—. Tiene la sonrisa de Luis. Es igual… hasta la forma de mirar. Es como si mi hijo hubiera vuelto.Damián miró
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