La paz de la mansión Seller, ese silencio sepulcral que suele preceder a las grandes tragedias, se hizo añicos cuando las puertas dobles de la entrada principal se abrieron de par en par con un estruendo violento. Ariel entró como un vendaval de furia contenida, su respiración agitada y sus ojos inyectados en una mezcla de terror y odio.—¡Emmir! —gritó ella, y su voz rebotó en las molduras de yeso del techo, despertando a los fantasmas que habitaban en los rincones—. ¡Emmir, sal ahora mismo!Detrás de ella, Gabriel intentaba mantener una compostura profesional, aunque su rostro reflejaba la fatiga de una noche cargada de sangre. —Señora, por favor... Ariel, no grite. —Espere un momento —suplicaba Gabriel, extendiendo una mano para intentar frenarla, pero sin atreverse a tocarla físicamente.Emmir, que se encontraba en el estudio contemplando la oscuridad a través del ventanal, se levantó con la pesadez de un hombre que lleva el peso del mundo sobre sus hombros. No tuvo que caminar mu
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