El eco de los neumáticos de Emmir contra el asfalto aún vibraba en sus oídos cuando se detuvo frente al edificio de Emma. No era la primera vez que buscaba refugio o respuestas en ese lugar, pero hoy, el aire se sentía distinto. Subió las escaleras con una zancada mecánica, impulsado por una mezcla tóxica de decepción y una rabia que le quemaba la garganta.Dentro del apartamento, el aroma a especias y comida casera flotaba en el ambiente. Emma, ajena al huracán que se aproximaba, se encontraba en la cocina. El sonido del timbre rompió su paz. Se secó las manos en el delantal con un gesto pausado, caminando hacia la puerta sin sospechar que, al abrirla, el pasado de su hermana entraría de golpe para exigir cuentas.Al abrir, se encontró con la figura rígida de Emmir. Sus ojos, antes amables, eran ahora dos esquirlas de hielo.—Pasa... no te quedes allí —dijo Emma, forzando una sonrisa ante la evidente tensión del hombre—. Siéntate. ¿Quieres tomar algo?—No, gracias —respondió Emmir. S
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