El ático de Carlos estaba sumido en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo errático de una lámpara de pie. El aire olía a hierro y a antiséptico barato. Sobre el sofá de cuero blanco, ahora manchado de un rojo oscuro y viscoso, Carlos apretaba los dientes mientras un médico clandestino terminaba de vendarle el costado. La bala de Emir no había tocado órganos vitales por milímetros, pero el dolor era una brasa ardiente que le recordaba su humillación con cada respiración.
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