La mañana en la mansión Seller no trajo la claridad del sol, sino una bruma de expectación que se podía cortar con un hilo. El vestíbulo principal, con sus techos infinitos y su mármol impasible, parecía un tribunal a la espera de un veredicto. Selim, con la elegancia rígida que solo poseen las mujeres que han sobrevivido a décadas de intrigas familiares, supervisaba cada detalle. Su voz, aunque baja, resonaba con autoridad.
—¿La habitación está lista? —¿Cambiaron las sábanas por las de seda eg