El aire en el balcón de Emma parecía haberse vuelto sólido. La marca roja en la mejilla de Emmir comenzaba a tornarse de un púrpura encendido, pero él ni siquiera sentía el dolor físico. Lo que le dolía era el desplome de su realidad. Se quedó allí, apoyado en el barandal, mirando hacia el cielo nocturno de Estambul, donde las nubes ocultaban las estrellas como los secretos ocultaban la verdadera naturaleza de su familia. No quería irse. Si cruzaba esa puerta, tendría que enfrentarse al mundo r