La luz de la mañana se filtraba con una suavidad engañosa a través de los ventanales de la habitación principal. Sobre la cama de sábanas de hilo, dos maletas abiertas devoraban prendas de algodón, abrigos de lana y el rastro de una vida que intentaba, desesperadamente, encontrar un respiro. Zeynep doblaba un pequeño mameluco azul con una meticulosidad casi obsesiva, como si en el orden de la ropa pudiera encontrar el orden de su propia existencia.
—Ya tengo todo listo, Kerim —dijo ella, con la