El amanecer en Estambul trajo consigo una luz pálida y fría, una que no lograba calentar los cimientos de la mansión Seller. Tras una noche de pesadillas compartidas y susurros de lealtad, la realidad se imponía con la salida del sol. Zeynep se encontraba en la terraza, envuelta en una bata de seda que ondeaba levemente con la brisa del Bósforo. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, seguían cada movimiento de Kerim.—Nos vemos en la cena... así que no te preocupes más, ¿quieres? —dijo Kerim, intentando forzar una seguridad que sus propios ojos desmentían. Se acercó a ella, tomándola por la cintura, y le dio un beso suave, casi una promesa silenciosa de que el mundo no se acabaría hoy.—Está bien —respondió Zeynep, aferrándose a las solapas de su saco por un segundo antes de soltarlo.Ella se quedó allí, inmóvil como una estatua de mármol, observando cómo el auto de su esposo se alejaba por el sendero de grava. Suspiró profundamente, sintiendo el peso de la mansión sobre sus hom
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