El aire dentro del pequeño apartamento olía a pintura fresca y a una esperanza que parecía demasiado frágil para el mundo exterior. Zeynep observó a su hermana, Emma, mientras esta recorría el espacio con pasos lentos, asimilando la realidad de que ya no estaba entre las paredes asépticas de un hospital. El lugar no tenía el mármol ni los techos infinitos de la mansión Seller, pero tenía algo que aquella fortaleza carecía: una paz genuina.—¿Te parece bien? Es pequeño... Era una sorpresa que te quería dar desde hace tiempo, pero las cosas se complicaron —dijo Zeynep, con las manos entrelazadas, observando la reacción de su hermana.Emma se giró, con los ojos empañados por una gratitud que no necesitaba palabras. Se acercó a Zeynep y le tomó las manos. —Hermana, está hermoso. Es perfecto. Es... mío. Gracias, de verdad. No sé cómo has podido gestionar todo esto con la tormenta que tienes encima.—De nada, hermana. Te mereces tener tu propio lugar, lejos de los ojos de los Seller y de cu
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