El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación del hotel, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Abram se despertó con un gruñido sordo, estirando los brazos con una rigidez que le recordaba cada segundo de la noche anterior. Al llevarse la mano a la cara, sus dedos rozaron la zona inflamada de su mejilla; el golpe de Kerim había dejado una marca violácea, un recordatorio físico de que el puente con los Seller estaba, finalmente, reducido a cenizas.Lo primero que hizo, casi por instinto de supervivencia, fue buscar su teléfono en la mesa de noche. Sus ojos, todavía nublados por el sueño, escanearon la pantalla. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida de Zeynep.Un suspiro pesado escapó de su pecho. Abram no era un hombre dado a la ansiedad, pero el silencio de Zeynep le pesaba más que la amenaza de cualquier revólver. Sin dudarlo, marcó su número. El tono de llamada resonó en la habitación vacía, una, dos, tres veces...En la casa de cam
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