El despacho de Baruk Seller, que apenas una hora antes parecía la antesala de un juicio final, se había transformado en el epicentro de una euforia casi maníaca. Baruk, con la camisa arrugada y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, revolvía los documentos de la caja metálica como si estuviera contando lingotes de oro. Su risa, seca y cargada de un alivio salvaje, rebotaba contra las paredes de madera noble.—¡Esto es increíble, hijo! —exclamó Baruk, golpeando el escritorio con la palma de la mano—. ¡Míralo! Tenemos todo. Absolutamente todo. ¡Maldito Hakar! Pensaste que podías ganarme en mi propio juego, pero tenías que perder. ¡Yo tenía que ganar!Baruk se puso en pie, su energía restaurada por el olor a victoria. Miró a sus dos hijos. Emmir lo observaba con una calma cínica, recostado contra la estantería de libros, mientras que Kerim permanecía sentado, con la mirada perdida en el vacío y el asombro grabado en las facciones. Para Kerim, el mundo se movía demasiado ráp
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