La ciudad de Estambul, con sus puentes iluminados y su tráfico incesante, se sentía como una prisión de cristal para Zeynep. Detuvo el auto a un costado del hotel donde se hospedaba Abram, un edificio moderno y frío que reflejaba perfectamente el vacío que sentía en el pecho. Sus manos, aún aferradas al volante, temblaban con una intensidad que no podía controlar.Tomó su teléfono. La pantalla, con varias llamadas perdidas de Emmir, parecía juzgarla. Ignoró las notificaciones y marcó el número de la única persona que, en ese momento, representaba una verdad cruda y sin adornos.Abram contestó al segundo tono, su voz grave rompiendo el silencio del habitáculo. —Por fin llamas. ¿Cómo estás, Zeynep?Ella cerró los ojos, dejando que un suspiro entrecortado escapara de sus labios. —Baja un momento —logró decir, luchando por mantener la voz firme—. Estoy en el costado izquierdo del hotel, esperándote.—Está bien, allí estaré —respondió Abram, detectando de inmediato el quiebre en su tono—.
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