El silencio en la terraza de la mansión Seller era tan denso que parecía tener peso físico. Baruk mantenía su mano sobre el hombro de Kerim, un gesto que pretendía ser de consuelo, pero que se sentía como una advertencia. La noche se estiraba, y con cada minuto que pasaba, la sombra de la desconfianza se hacía más larga.—Solo espero que tu esposa regrese, Kerim —murmuró Baruk, rompiendo finalmente el hechizo de quietud—. No dejes que el orgullo sea lo último que ella recuerde de ti hoy.Apenas Baruk terminó de hablar y comenzó a incorporarse de su silla, el eco metálico de la puerta principal abriéndose resonó a través de la planta baja. El sonido, que en otros tiempos habría sido motivo de alegría, hizo que Kerim se tensara como una cuerda de violín a punto de romperse.Baruk, con una agilidad impropia de su edad, se dirigió hacia la entrada, su rostro iluminándose con un alivio genuino. —¡Ah! Mira, hijo... ya llegó tu esposa.Zeynep cruzó el umbral. Se veía pequeña, frágil, como si
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