Zeynep cerró la puerta de su habitación con un golpe sordo y, de inmediato, dejó que su cuerpo se deslizara por la madera hasta tocar el suelo. El aire en sus pulmones ardía. Había corrido escaleras arriba no solo para mantener la farsa que Carlos había orquestado, sino porque sentía que si se quedaba un segundo más mirando la sonrisa satisfecha de su violador, iba a gritar la verdad y destruirse a sí misma.—Imbécil... —susurró entre dientes, abrazando sus rodillas—. ¿Quién se cree que es? Jugar así con mi vida, con mi dolor...Las lágrimas, calientes y furiosas, rodaron por sus mejillas. Pero esta vez, el llanto no era solo de tristeza, era de impotencia mezclada con una rabia volcánica.—Y esa Ariel... —Zeynep apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas—. Me odia. ¿Qué es lo que le he hecho a esa mujer? ¿Por qué me odia tanto? Yo solo quiero vivir tranquila, criar a mi hijo, intentar salvar lo que queda de mi dignidad.Se levantó con dificultad, sintiendo las piernas temblo
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