Zeynep cerró la puerta de su habitación con un golpe sordo y, de inmediato, dejó que su cuerpo se deslizara por la madera hasta tocar el suelo. El aire en sus pulmones ardía. Había corrido escaleras arriba no solo para mantener la farsa que Carlos había orquestado, sino porque sentía que si se quedaba un segundo más mirando la sonrisa satisfecha de su violador, iba a gritar la verdad y destruirse a sí misma.
—Imbécil... —susurró entre dientes, abrazando sus rodillas—. ¿Quién se cree que es? Jug