Zeynep cerró la puerta de la habitación de Ariel detrás de sí, dejando encerrada la toxicidad, los vidrios rotos y el pacto silencioso que había hecho con su cuñada. Suspiró profundamente, sintiendo cómo el peso de la mansión Seller se le asentaba en los hombros. Caminó por el pasillo alfombrado hacia su propia suite, ansiando un momento de soledad para procesar el mensaje de Carlos y el terror que le provocaba la cita de la mañana siguiente.Giró el pomo de su puerta y entró, esperando encontrar la habitación vacía y oscura.Sin embargo, una luz cálida la recibió.Allí, de pie junto al ventanal que daba al jardín trasero azotado por la lluvia, estaba Kerim. Pero no era el Kerim empresario, ni el Kerim furioso. En sus brazos, acunado con una ternura infinita, estaba el pequeño Evan. Kerim se mecía suavemente, susurrándole algo al oído al bebé, completamente ajeno a la entrada de su esposa.Zeynep se detuvo en seco. La imagen le estrujó el corazón. Ese era el hombre que amaba, el padre
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