El problema no desapareció de inmediato. Eso fue lo primero que Valeria notó cuando, horas después, el ambiente volvió a un murmullo más estable. No había una sensación de “resuelto”, sino algo distinto: una calma cuidadosa, como la de una habitación donde alguien sigue con fiebre pero ya no está solo. El cruce de datos seguía ahí, marcado, visible. Ya no como una amenaza, sino como un recordatorio. Valeria observaba desde una mesa lateral, con una taza de café entre las manos que se había enfriado sin que se diera cuenta. Adrián estaba a su lado, revisando notas escritas a mano que alguien había dejado abiertas, no para corregirlas, sino para entender qué había pasado en la cabeza de quien las escribió. —Antes —dijo él, sin levantar la vista—, este punto rojo en una pantalla habría significado una reunión urgente. Alguien elevando la voz. Un responsable señalado. Valeria asintió. —Y alguien más trabajando en silencio para que el responsable no pareciera tan responsable —
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