El amanecer no llegó como una promesa.
Llegó como un cambio de temperatura.
Valeria lo sintió antes de verlo: el aire ligeramente menos denso, la luz artificial que ya no parecía tan dominante, el sonido de pasos que empezaban a tener un ritmo más decidido. No era entusiasmo. Era continuidad.
Se incorporó despacio, con el cuerpo aún pesado, pero estable. A su alrededor, el espacio subterráneo estaba despertando de una forma distinta a otros días: menos sobresaltos, más pausas conscientes.