Las cuarenta y ocho horas no empezaron con un reloj.Empezaron con miradas que ya no se sostenían igual, con conversaciones que se cortaban cuando alguien se acercaba demasiado, con el cuerpo entendiendo antes que la cabeza que algo había cambiado de escala.Valeria lo sintió en la espalda, como una presión constante. No era miedo puro. Era responsabilidad. Esa forma específica de cansancio que aparece cuando sabes que cada decisión arrastra a otros, incluso a quienes no la eligieron del todo.Adrián no se movió de su lado en toda la mañana, pero tampoco la tocó. Estaba ahí, firme, como si su sola presencia fuera una promesa silenciosa: no te voy a dejar sola en esto, aunque no dijera vamos a ganar.—Hay gente pidiendo hablar contigo —le dijo en voz baja—. No en grupo. De a uno.Valeria asintió.—Que vengan.El primero fue un hombre joven, de los que casi nunca hablaban en voz alta. Se sentó frente a ella con los hombros tensos.—No puedo con esto —dijo, sin rodeos—. No con tu madre,
Ler mais