La reunión no terminó.Se disolvió. Valeria lo notó cuando la gente empezó a levantarse sin una señal clara, cuando las conversaciones se fragmentaron en pares y tríos, cuando nadie buscó un cierre definitivo porque, en el fondo, todos sabían que no lo había. Lo que habían hecho no era resolver un problema, sino aprender a quedarse dentro de él sin romperse.El espacio volvió a llenarse de pequeños sonidos: una silla arrastrándose, una risa breve y cansada, el golpeteo irregular de unos dedos contra la mesa. Nada espectacular. Nada falso.Valeria permaneció sentada unos minutos más, observando cómo la tensión se transformaba lentamente en otra cosa. No en calma, todavía, pero sí en algo menos rígido. Más respirable.Adrián se acercó con dos vasos de agua.—No pensé que hablar pudiera agotar más que correr —dijo, entregándole uno.Valeria aceptó el vaso y bebió un sorbo largo antes de responder.—Porque correr te da una dirección clara —dijo—. Hablar te obliga a quedarte donde estás, i
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