Una semana pasó. Luego otra. El miedo de Olivia no desapareció. Se instaló. Se volvió un compañero constante, de bajo volumen. Un zumbido de fondo en su vida.Revisaba las cerraduras dos veces cada noche. Miraba por la ventana antes de salir. Escaneaba las caras en la calle. Vivía en un estado de alerta amarilla perpetua.Emma notaba la tensión. "Mamá, ¿estás mirando otra vez?" La pregunta, inocente, le partía el corazón. No podía vivir así para siempre. No podía criar a su hija en una fortaleza de miedo. El miedo era una prisión. Y Alexander, aunque no estuviera presente, era el carcelero.Un domingo por la mañana, miró a Emma vestirse. La niña eligió su vestido verde de ranas. "Hoy vamos al parque de las ardillas, ¿verdad, mamá?" Tenía los ojos brillantes de expectativa. Era su día. Su ritual. Y Olivia lo había estado arruinando.Una oleada de determinación, feroz y clara, la atravesó. No. No le daría ese poder. No dejaría que un fantasma, por muy real que fuera, le robara los domin
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