La tarjeta reposaba sobre la mesa de la cocina. Un rectángulo blanco e inocente que contenía un universo de complicaciones. Olivia no la tocó. Solo la observó desde el otro lado de la mesa, como si fuera un artefacto extraño y peligroso.
El silencio de la noche envolvía el apartamento. Solo se escuchaba el suave rumor del refrigerador y, desde la habitación de Emma, el sonido profundo y parejo de su respiración dormida.
Olivia se levantó. Caminó hasta la puerta entreabierta del cuarto. Se apoyó