La revelación se asentó. Y entonces, llegó la ira.
No fue un arrebato caliente. No fueron gritos. Fue una ola fría. Una lava negra que subió desde lo más profundo de su estómago. Una presión glacial que llenó su pecho y le heló la sangre en las venas.
Rabia contra sí mismo.
Se detuvo en medio de la acera. La gente lo esquivaba. Le lanzaban miradas de fastidio. Él no las veía.
Su mente, ahora clara y despiadada, comenzó a lanzar acusaciones. Cada una era un látigo. Cada recuerdo, una prueba en s