Alexander caminó. Sin dirección. Sin propósito. Sus pies lo llevaban por calles que no reconocía. Pasó frente a cafeterías llenas de gente. Cruzó puentes sobre ríos de asfalto. El sonido de la ciudad era un zumbido lejano, amortiguado.
Porque dentro de su cabeza solo había una imagen. Un bucle constante, nítido y desgarrador.
La niña. Emma.
Sus rizos oscuros al sol. Sus ojos grises, serios, examinándolo desde la arena. La curva de su mejilla cuando intentó sonreírle. El movimiento torpe de sus