Alexander permaneció bajo el árbol. La sombra era fresca, un refugio repentino del sol que ahora parecía acusador. El contraste entre el calor del parque y esta fría sombra callejera era brutal. Como si hubiera cruzado un umbral invisible, de un mundo de juegos y risas a otro de verdades silenciosas y calles tranquilas.Sus ojos no se apartaban de la puerta. Del número 214. De las flores rojas en la ventana del segundo piso. Detrás de esa madera pintada, detrás de ese cristal, estaban ellas. Olivia. Y la niña. Emma.Su mente, tan entrenada para desmenuzar problemas complejos, para encontrar el ángulo en toda transacción, comenzó a funcionar. De forma autónoma. Fría. Lógica. Se separó del torbellino de emociones que lo sacudía por dentro y se aferró a lo concreto. A los datos. A las secuencias temporales. Era su zona de confort, incluso en medio del mayor terremoto personal.Dato uno: La niña, Emma, tenía aproximadamente dos años. Quizás dos años y tres meses. Era difícil precisarlo, p
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