El domingo era sagrado. A las diez en punto, Olivia y Emma salían de su apartamento. Emma, de dos años, tiraba de la mano de su madre. "¡Parque, mamá!" El parque estaba a tres calles. Pequeño, cercado, seguro. Olivia se sentaba siempre en el mismo banco verde. Desde allí, todo era visible.Alexander llegaba a las diez y cuarto. Exacto. Se detenía bajo el viejo roble, en el borde del césped. Esperaba. Hoy, como cada domingo, Olivia le hizo una leve señal con la cabeza. Él cruzó el espacio abierto. Sus pasos eran medidos. Cautelosos.Emma estaba en el arenero. Cavaba un hoyo profundo, completamente absorta. "El tesoro del dragón", murmuraba. Alexander se acercó. Se arrodilló en el borde de la madera. La arena manchó sus jeans.—Hola, Emma.Ella alzó la vista. Sus ojos grises, herencia directa, lo escrutaron.—Hola. ¿Quieres cavar?—Claro.Tomó la pala de juguete. Era diminuta en su mano. Cavó con una delicadeza que a Olivia le pareció conmovedora. Y falsa.Porque él no estaba realmente
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