Los domingos se convirtieron en una tensa coreografía. Una danza de distancias cuidadosas y miradas calculadas.
Olivia volvía al parque principal. No cada domingo, pero sí la mayoría. Era un acto de voluntad. Un rechazo a dejar que el miedo gobernara. Alexander siempre estaba allí. En el mismo banco. Con un libro, un periódico, o simplemente mirando al estanque. Siempre a la misma distancia respetuosa.
Nunca se acercaba. Nunca intentaba hablar. Solo aquel asentimiento inicial, que se repitió un