El trono de Charles Vance no era cómodo. Estaba hecho de espinas. Las espinas de la duda de los accionistas. Las espinas de la caída del precio de las acciones. Las espinas del fantasma de su sobrino, que aunque derrotado, aún rondaba como un espectro en los pasillos corporativos.
Charles interpretó esta incomodidad no como una advertencia, sino como un desafío. Una prueba de su firmeza. Creía que la debilidad de Alexander había sido la innovación. La frivolidad. Los hoteles boutique. La "exper