Una semana pasó. Luego otra. El miedo de Olivia no desapareció. Se instaló. Se volvió un compañero constante, de bajo volumen. Un zumbido de fondo en su vida.
Revisaba las cerraduras dos veces cada noche. Miraba por la ventana antes de salir. Escaneaba las caras en la calle. Vivía en un estado de alerta amarilla perpetua.
Emma notaba la tensión. "Mamá, ¿estás mirando otra vez?" La pregunta, inocente, le partía el corazón. No podía vivir así para siempre. No podía criar a su hija en una fortalez